Las gotas caían lentamente desde la mesa; la botella con aquel licor oscuro, que momentos antes habían encontrado y abierto para celebrar que habían encontrado un sitio donde resguardarse de la tormenta, se había derramado y estaba formando un charco pegajoso en la alfombra antiquísima del salón de aquella enorme casa donde se encontraban. El portazo había sido tan fuerte que había hecho temblar toda la estancia, pese a los gruesos muros de la mansión. En un primer momento pensaron que debía haber sido el viento el causante de aquello que acababan de presenciar, pero descartaron rápidamente esa opción, puesto que todas las puertas y ventanas estaban cerradas. Corrieron entonces a refugiarse tras unos sillones que, según su criterio, soportarían otro temblor como aquel sin problema; algo que no tardó en repetirse, como ellos esperaban. Aquel segundo movimiento apagó las pocas luces que habían sido capaces de encender, y entonces, alumbrados por la escasa luz de la luna, lo vieron.
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