Las gotas caían lentamente desde la mesa tras la fuerte tormenta. No quedaba ya nada sobre ella, él se lo había llevado todo, y tampoco quedaba nada en su frío corazón.
Él se había despedido con esa mirada que a ella la había enamorado en su día, esa mirada que era capaz de transmitirte todo, y con una sola palabra que se había clavado como un puñal en su corazón -Adiós.- Se lamentó por no haber cambiado antes, por no haber sabido ser diferente, por no haber hecho todas las pequeñas cosas que podría haber hecho para que él la siguiera queriendo. Ahora, la mesa estaba igual de mojada que sus blancas mejillas, y estaba más sola de lo que había estado jamás.
Tocaba buscar una vía de escape, una salida para volver a empezar. A pesar de lo que sentía en su corazón -garras-, debía salir adelante, y sabía que no era débil, pero tenía desavivada la llama del esfuerzo, y debía recuperarse. Es lo que dicen, ¿no?, que una vez tocado el fondo, ya sólo se puede subir.
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